El otro día, mientras llevaba a mi hija a la escuela, algo tan sencillo como un cruce peatonal me conmovió profundamente. Allí estaba el encargado del cruce, con una sonrisa radiante, levantando la mano para saludar a cada conductor y recibiendo a los niños con choca esos cinco. No era solo que cumplía con su trabajo, era evidente que lo disfrutaba, y más aún, que estaba viviendo en su propósito.
Me impresionó ver cómo intentaba hacer contacto visual con cada persona, con cada auto que pasaba, levantando el pulgar y regalando una sonrisa. En un mundo donde a veces buscamos plataformas, micrófonos o escenarios para sentir que estamos viviendo nuestro llamado, Dios me recordó que el verdadero propósito no siempre se viste de glamour. A veces se encuentra en lo cotidiano, en lo sencillo, en ser luz en medio de la rutina diaria.
Jesús mismo dijo:
Hagan brillar su luz delante de todos, para que ellos puedan ver las buenas obras de ustedes y alaben a su Padre que está en los cielos. (Mateo 5:16)
Este hombre en el cruce peatonal estaba cumpliendo exactamente eso. Su alegría iluminaba el camino de los niños y su amabilidad transformaba un simple momento en una oportunidad para sembrar esperanza.
El propósito no siempre es un escenario
Muchas veces pensamos que cumplir el propósito de Dios significa tener una plataforma grande, alcanzar multitudes o tener un ministerio reconocido. Pero la Palabra nos enseña que todo lo que hacemos, cuando lo hacemos para el Señor, tiene valor eterno:
Hagan lo que hagan, trabajen de buena gana, como para el Señor y no como para nadie en este mundo, (Colosenses 3:23)
Tu propósito puede vivirse en un aula, en una cocina, en una oficina, en tu vecindario, o incluso en un cruce peatonal. Lo importante no es el lugar, sino la disposición de tu corazón para reflejar a Cristo donde estás.
Reflexión
Quizás hoy sientes que tu vida carece de algo “grande” o “importante”. Pero recuerda, no es el tamaño de la plataforma lo que determina tu propósito, sino la fidelidad con la que caminas en lo que Dios te ha confiado.
El gozo de este hombre me recordó que cuando vivimos agradecidos y servimos con amor, estamos predicando un evangelio vivo, incluso sin palabras.
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