Una conversación en un pasillo, una ola de miedo y el milagro de la gracia.
Todavía estábamos en la UCI cuando sucedió. Había salido un momento para comer algo, solo para tomar un poco de aire entre tanta incertidumbre. Mientras regresaba, una trabajadora social del hospital me detuvo en el pasillo.
“¿Eres la esposa de Steve?”, me preguntó.
“Sí.”
“¿Y tienes hijos pequeños?”
“Sí”, respondí de nuevo.
Ella me miró con amabilidad, pero con seriedad, y me dijo: “Voy a pasar por aquí nuevamente porque tu vida nunca volverá a ser la misma. Vas a necesitar mucha ayuda, y tu esposo también necesitará mucho apoyo. Esta es tu nueva normalidad.”
No fue cruel. De hecho, probablemente hablaba desde su experiencia, tratando de prepararme para un camino que muchos atraviesan después de un derrame cerebral. Pero salí de esa conversación sintiéndome aturdida. Con el corazón roto. Abrumada.
Cuando llegué a casa para cambiarme, me eché a llorar. Le escribí a mi cuñada Jeantina y le dije: “No sé cómo voy a poder con todo esto.” Ella me respondió: “No estás sola.”
(Y como nota adicional: rodéate de personas que te recuerden esa verdad. Es vital.)
Lo que no esperaba era esto: nunca volví a ver a esa trabajadora social. No porque no necesitáramos apoyo, sino porque nuestra historia tomó un rumbo que ni nosotros habríamos imaginado.
La recuperación de Steve fue sorprendente. Recuperó su movilidad y habla mucho más rápido de lo que pensábamos. Aun así, hubo desafíos y días difíciles, pero vimos la gracia de Dios entretejida en cada parte del proceso.
Comparto esto no para decir que todas las recuperaciones se verán como la nuestra—ni para insinuar que, si no es así, Dios no está presente. Es todo lo contrario.
Porque el milagro no está solo en el resultado. Está en la presencia de Dios caminando con nosotros, sin importar cómo se desarrolla la historia. Está en el consuelo que nos da cuando las respuestas no llegan. Está en la fuerza que Él nos presta cuando no tenemos ni energía para levantarnos.
Así que, estés donde estés en tu historia—en el pasillo, en medio del dolor, o años después de lo más difícil—recuerda esto:
No estás sola.
No estás solo.
Dios sigue yendo delante de ti, sosteniéndote, y dándote lo que necesitas para hoy.
Eso es gracia.
Eso es esperanza.
Y es una verdad firme en la que podemos apoyarnos.









