Monday, July 21, 2025

No todas las conversaciones son para ti

No todas las conversaciones son para ti

Cómo un momento me enseñó a proteger mi corazón en vez de alimentar la ofensa.

Cuando estudiaba en Biola, una amiga me invitó a su dormitorio. Estábamos en su cuarto, trabajando en silencio, cuando de pronto una de sus compañeras de cuarto llegó—sin saber que estábamos ahí.

Y casi de inmediato, empezó a hablar mal de mi amiga.

Me quedé en shock. Automáticamente volteé a ver a mi amiga, esperando su reacción.
No se alteró. No lloró. Ni siquiera levantó la voz.

En lugar de eso, tomó su celular… y puso música.

Lo suficientemente fuerte como para que su compañera supiera que había alguien ahí. Lo justo para darle la oportunidad de parar.

Más tarde le pregunté:
“¿Por qué hiciste eso? ¿Por qué no escuchaste lo que decía? ¿Por qué no la confrontaste?”

Y su respuesta me marcó:
“Esa conversación no era para mí. Aunque era sobre mí, no fue dicha para que yo la escuchara. Y elijo proteger mi corazón. No quiero abrir una puerta que solo va a dañar la manera en que veo a esa persona.”

Y sinceramente… la admiré mucho por eso.

No fue pasiva.
No evitó el conflicto por miedo.
Eligió sabiduría. Eligió paz.

Porque la verdad es esta: el hecho de que algo sea sobre ti, no significa que sea para ti.

A veces, lo mejor que puedes hacer por tu corazón es alejarte de la tentación de escuchar, investigar, reaccionar, o cargar con una ofensa que ni siquiera estaba destinada a llegar a ti.

Vivimos en una cultura que constantemente nos invita al drama y la ofensa—que nos anima a escuchar lo que no es nuestro, a asumir lo peor, a entrar en batallas que Dios nunca nos pidió pelear.

Pero hay algo sagrado en guardar el corazón (Proverbios 4:23).
En elegir la paz sobre el orgullo.
En confiar en que Dios es quien te defiende, en lugar de tratar de defenderte tú mismo.

Ese día, mi amiga eligió la paz.
Y hoy, años después, sigo cargando esa lección en el corazón:

No tienes que oírlo todo.
No tienes que pelear cada batalla.
Puedes elegir proteger tu corazón—y eso no es debilidad.
Eso es sabiduría.

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