Cómo un momento me enseñó a proteger mi corazón en vez de alimentar la ofensa.
Cuando estudiaba en Biola, una amiga me invitó a su dormitorio. Estábamos en su cuarto, trabajando en silencio, cuando de pronto una de sus compañeras de cuarto llegó—sin saber que estábamos ahí.
Y casi de inmediato, empezó a hablar mal de mi amiga.
Me quedé en shock. Automáticamente volteé a ver a mi amiga, esperando su reacción.
No se alteró. No lloró. Ni siquiera levantó la voz.
En lugar de eso, tomó su celular… y puso música.
Lo suficientemente fuerte como para que su compañera supiera que había alguien ahí. Lo justo para darle la oportunidad de parar.
Más tarde le pregunté:
“¿Por qué hiciste eso? ¿Por qué no escuchaste lo que decía? ¿Por qué no la confrontaste?”
Y su respuesta me marcó:
“Esa conversación no era para mí. Aunque era sobre mí, no fue dicha para que yo la escuchara. Y elijo proteger mi corazón. No quiero abrir una puerta que solo va a dañar la manera en que veo a esa persona.”
Y sinceramente… la admiré mucho por eso.
No fue pasiva.
No evitó el conflicto por miedo.
Eligió sabiduría. Eligió paz.
Porque la verdad es esta: el hecho de que algo sea sobre ti, no significa que sea para ti.
A veces, lo mejor que puedes hacer por tu corazón es alejarte de la tentación de escuchar, investigar, reaccionar, o cargar con una ofensa que ni siquiera estaba destinada a llegar a ti.
Vivimos en una cultura que constantemente nos invita al drama y la ofensa—que nos anima a escuchar lo que no es nuestro, a asumir lo peor, a entrar en batallas que Dios nunca nos pidió pelear.
Pero hay algo sagrado en guardar el corazón (Proverbios 4:23).
En elegir la paz sobre el orgullo.
En confiar en que Dios es quien te defiende, en lugar de tratar de defenderte tú mismo.
Ese día, mi amiga eligió la paz.
Y hoy, años después, sigo cargando esa lección en el corazón:
No tienes que oírlo todo.
No tienes que pelear cada batalla.
Puedes elegir proteger tu corazón—y eso no es debilidad.
Eso es sabiduría.

No comments:
Post a Comment